jueves, 17 de diciembre de 2009

Nacimiento, infancia y educación de Eduardo VI: la esperanza de Enrique VIII de Inglaterra

Hacia 1536, Ana Bolena cae en desgracia, por diversos motivos (no hay hijo varón, por ejemplo) y pronto Ana será acusada de adulterio y Enrique separa de ella. Solo le había dado una hija: Isabel, que como María, será también proclamada como ilegítima. El 19 de mayo de 1536 Ana Bolena es ejecutada en Londres, apenas dos días después de separarse de ella. El rey tendrá una nueva esposa, la joven Jane Seymour, con la que se casará en York al poco de separarse de Ana, y el 27 de mayo de 1537, Jane es coronada en la catedral de St. Paul como reina de Inglaterra. El 11 de octubre de 1537, fruto de este matrimonio, nace el primer hijo varón de Enrique VIII, Eduardo, tras un parto lleno de complicaciones para su joven madre, a la que se tuvo que practicar un cesárea. Jane no se restableció del todo y acabaría por morir doce días después de que Eduardo naciese. Pese a todo, el rey Enrique no cabía en si mismo de felicidad. Ya tenía el heredero varón que buscaba por fin lo había conseguido, desatándose dentro de la Corte un cierto clima de euforia por el hecho tan ansiadamente esperado y que tan caro le había salido al rey. El niño, sería educado en todos los campos posibles con el mayor de los esmeros y la más cercana de las atenciones. El destino del convulso reino estaría en las manos del recién nacido, de sus aún débiles brazos dependía el futuro del reino de Inglaterra. Ni siquiera la temprana muerte de su madre Jane empañaría este momento. Todas las esperanzas estarían puestas en él. Pero para ser el rey que guiase a Inglaterra a la gloria, le esperaba un largo camino
Se producirán pues, celebraciones por todo Londres, siendo bautizado el 15 de octubre en Hampton Court por el arzobispo Crammer, y teniendo como padrinos al Duque de Norfolk y a su hermana María, que pese a todo, mantuvo siempre una cordial relación con Jane Seymour, la cual también estuvo presente en el acontecimiento, siendo además proclamado como duque de Cornualles. Como se ha dicho, al poco tiempo, concretamente el 23 de octubre, su madre Jane Seymour fallece. El niño, pese a nacer completamente sano, mostró una momentánea delicada salud, enfermando periódicamente con facilidad, aunque progresivamente se iba recuperando t creciendo felizmente.
Desde muy joven se le adjudicaron diferentes tutores, como Sir William Sidney o Sir John Cornwallis y fundamentalmente Eduardo Seymour, duque de Somerset. Como se ha dicho, el joven príncipe fue objeto de todo tipo de atenciones, llegando incluso a tener una Cámara Privada de consejeros desde los 3 años. Era un niño feliz, que acostumbraba a jugar y bailar despreocupadamente por palacio. En conjunto, recibió una educación sumamente esmerada, llegando a aprender latín, alemán o griego. Las fuentes mencionan, que el niño, aunque poseía un cierto aspecto enfermizo, era realmente hermoso y parecía feliz, con un comportamiento adecuado. De hecho, un embajador del Imperio llegó a declarar que era “el niño más hermoso que jamás había visto”. Pronto sufriría las primeras fiebres, concretamente en octubre de 1541 que asustó sobremanera a su padre, ya que se llegó a temer incluso por la vida del pequeño Eduardo. Poco después, cuando Enrique preparaba la separación de su quinta esposa, Catalina Howard, un médico de la corte le pronosticó una vida corta….sin embargo, en aquel invierno de 1541, consiguió volver a recuperarse, mientras se hacía efectiva poco después la ruptura de su padre con su quinta esposa ya mencionada, aunque su delicada salud no era ignorada por nadie...
Pese a todo, con seis años, el niño siguió creciendo, “mayoritariamente entre mujeres”, recibiendo enseñanzas de los humanistas ingleses Richard Cox y John Cheke, procedentes de la Universidad de Cambridge. La inteligencia del pequeño era viva y palpable y pronto, en 1544 leería entre otros, a Catón, Plinio el Joven, Tucídides, Herodoto… A partir de 1546, a su ya sólida formación le uniría el aprendizaje del francés y fue capaz de recibir en febrero de 1547, poco después de la muerte de su padre al embajador francés de Selve y hablar con él en un más que notable latín. E incluso no es ninguna exageración, según narra François de Scépeaux, en 1550 el niño chapurreaba también en español e italiano, lo cual nos puede dar una ligera idea de las capacidades de Eduardo. A partir de marzo de 1551, el joven príncipe Eduardo comenzaba también a tomar clases de griego, leyendo desde muy pronto a Isócrates.
Como se ha dicho, el 28 de enero de 1547 fallece Enrique VIII, dejando como heredero del reino a su joven hijo Eduardo. Su coronación tendría lugar el 20 de febrero de 1547 en Londres, yendo desde la Torre a Westminster por el río Támesis en medio de las aclamaciones de la capital inglesa. En él veían la esperanza de un reino grande y próspero, que caminase hacia la paz y que solventase los problemas interiores y las luchas que lo atenazaban. Hay que recordar que por aquellas fechas, Inglaterra se hallaba inmersa en guerra contra Escocia y su aliada Francia…
Pero de su coronación, de los acontecimientos políticos y de la regencia que ejercería Eduardo Seymour, primer duque de Somerset, hermano mayor de la fallecida Jane (madre de Eduardo) y Lord Protector del reino (debido a la tierna edad del príncipe) hablaremos en otro momento. Por ahora, nos centraremos en la infancia y educación del príncipe, un tema que no está tan tratado como otros y menos aún en un monarca tan efímero como el presente. Mi intención con este pequeño artículo no es tratar la situación política de Inglaterra en aquel entonces, sino simplemente hablar de la educación e infancia de este príncipe, que me pareció sumamente interesante. Detrás de la política, de las instituciones de las guerras o de las reformas siempre hay hombres, y de eso es precisamente de lo que trata esto, del pequeño Eduardo.
Sin embargo, de su educación religiosa no nos ha llegado tanta información, aunque si sabemos que fue educado en el seno de las nuevas ideas anglicanas, y que sintió un profundo desprecio por las creencias católicas de su hermana María, la cual nunca renunció al catolicismo, ni siquiera en sus momentos más bajos. Sin embargo, se ha de decir que algunos de sus primeros tutores en materias religiosas no eran exactamente anglicanos por así decirlo, si no que eran partidarios de las ideas humanistas y seguidores de Erasmo, Sin embargo, pronto (hacia 1547) serían sustituidos por partidarios de la reforma de la Iglesia en Inglaterra, como John Pilkington, Anthony Otway, Giles Eyre o Roger Tonge. Eduardo también fue un alumno muy aplicado en cuestiones religiosas y pronto escribiría algún pequeño tratado religioso, criticando al Papa severamente e incluso comparándolo con el Anticristo. Sería también de aquellas fechas de cuando tiene lugar el famoso grabado donde aparece el joven príncipe con elementos del poder mientras que a sus pies sale el Papa tildado de poco menos que de idólatra. Este rechazo al catolicismo que desde muy joven nutrió también se refleja en el hecho antes narrado de que siempre se opuso férreamente a que su hermana María tuviese algún derecho al trono, negándoselo por completo e insistiendo en la condición de la hija de Catalina de Aragón como ilegítima.
Sin embargo, la educación del pequeño príncipe no sólo eran lenguas, literatura y materia religiosa, sino que también contó de nociones de matemáticas, geometría y astronomía así como de geografía, aprendiendo de mapas de Sebastián Cabot, hijo del famoso John Cabot, marino italiano al servicio de Inglaterra que en 1497 cruzó el Atlántico llegando a costas canadienses. Aunque es más que probable que su formación en geografía fuese mucho más allá que simplemente mirar mapas. También se adentró en Whitehall de la mano de William Thomas en el mundo de la archivística, aprendiendo a leer y redactar actas del Parlamento, tratados… todo esto cuando tenía trece años. Y por si fuera poco, también fue instruido en la música, aprendiendo también con trece años a tocar el laúd, tal y como hiciera su padre. Su maestro en cuestiones musicales fue el holandés Philip van der Wilder, que también desempeñaría en la Cámara Privada de consejeros de Eduardo.
Hasta aquí podríamos hablar de la formación intelectual del joven príncipe, el cual si bien tenía unas condiciones verdaderamente brillantes, la educación recibida fue en consonancia con ellas. La esperanza del reino pues, había sido hábilmente instruido en casi todas las ramas del saber a su joven edad. Se le tenía por perfectamente preparada para afrontar los destinos de Inglaterra. Pero en enero de 1553, Eduardo enferma gravemente, con “elevadísimas fiebres y dificultades al respirar” como mencionó el embajador del Sacro Imperio Romano Germánico. Conseguiría recuperarse hacia abril de ese mismo año, en sus visitas a los parques de Greenwhich y Westmisnter, pero pronto volvería a enfermar y en junio su estado pasaba a ser grave, postrado en la cama y dedicado únicamente a contemplar los barcos que pasaban por el Támesis. Su última aparición en público sería el 1 de julio de 1553, donde los que le contemplaban se horrorizaron ante su delgadez y su palidez y finalmente fallecía el 6 de julio en Greenwhich.
La esperanza de Enrique VIII pues, se tornaba fracasada. Al poco de morir estallaban nuevas rebeliones y movimientos. Jane Grey tomaba el trono inmediatamente, pero el 19 de julio de ese mismo año era depuesta por María Tudor, siendo uno de los reinados más efímeros que se recuerdan. Y si todavía hoy los ingleses recuerdan a María, es por su implacable represión antiprotestante (que de ningún modo resultó ser peor que la de su padre Enrique VIII o la de su hermana, la futura Isabel I).
Podría ser este uno de esos momentos en los que el azar interviene y parece que juega a los dados con los destinos de todo un reino. Nadie sabe lo que hubiese pasado de haber sido un niño sano. No es el único caso, ya que no son pocas las veces en la que la historia cambia brutalmente de rumbo por culpa de un evento, a veces de una casualidad. No hay más que recordar la inesperada muerte de Federico I Barbarroja ahogado en un río en 1190 cuando se predisponía a entrar como cruzado con un inmenso y poderoso en Tierra Santa. ¿Consecuencias? Nunca se podrá saber. ¿hubiese Eduardo convertido a Inglaterra en un reino estable y poderoso? ¿lo hubiese pacificado?¿hubiera sido el rey esperado? O por el contrario, y mirando a lo acaecido en 1588, ¿hubiese caído bajo las fauces de otra potencia como España el reino de Inglaterra?¿hubiese sido capaz de asegurar la independencia y la soberanía de Inglaterra como lo hizo Isabel? Todas estas son preguntas, que evidentemente, no tienen respuesta. Ni la tendrán nunca.



Juan Antonio Parejo Delgado

-“Edward VI”, Jennifer Loach, Yale English Monarchs, Londres 1999
-www.wikipedia.org (version inglesa)

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